17/08/2023
En los albores del siglo XX, mientras el automóvil comenzaba a redefinir la movilidad a nivel mundial, un ingeniero argentino soñaba con poner a su país en el mapa de la incipiente industria automotriz. Su nombre era Horacio Anasagasti, una figura clave y, sin embargo, a menudo olvidada, en la historia tecnológica y automovilística de Argentina. Nacido en Buenos Aires en 1879, Anasagasti no solo fue un brillante profesional egresado de la Universidad de Buenos Aires con tan solo 23 años, sino también un pionero con una visión clara: fabricar automóviles en suelo argentino. Su legado trasciende la ingeniería; fue un impulsor del automovilismo y la aeronáutica en el país, cofundador de instituciones emblemáticas como el Automóvil Club Argentino y el Aeroclub Buenos Aires.

La fascinación de Anasagasti por los automóviles no era un simple capricho de la élite a la que pertenecía. Era una pasión fundamentada en el conocimiento técnico y un profundo deseo de desarrollo para su nación. Tras graduarse en 1902, su camino lo llevó a fundar, junto a otras figuras destacadas de la época, el Automóvil Club Argentino en 1904, asumiendo la primera vicepresidencia. Este rol le permitió no solo estar en el centro del movimiento automovilístico en Argentina, sino también comenzar a divulgar conocimientos técnicos a través de sus escritos en la revista La Argentina Automóvil.

Su sed de conocimiento lo llevó más allá de las fronteras. En 1907, becado tras ganar un concurso, viajó a Milán para formarse en la prestigiosa fábrica Isotta Fraschini. Esta experiencia fue fundamental, no solo por el aprendizaje técnico, sino también por los contactos y la visión que adquirió sobre la producción automotriz a nivel industrial. Al regresar en 1908, no perdió el tiempo. Se asoció para representar marcas europeas como Isotta Fraschini, Gobron-Brillie y Gregoire en Argentina, además de distribuir componentes y accesorios. Esta etapa como importador y representante le brindó una invaluable comprensión del mercado y de la logística necesaria para la industria automotriz.
En 1909, Horacio Anasagasti decidió dar un paso audaz. Se separó de sus socios y abrió su propio taller. Este taller no era uno cualquiera; estaba destinado a convertirse en la cuna del automóvil argentino. El 30 de diciembre de ese año, fundó formalmente Anasagasti y Compañía. Inicialmente, el taller se dedicaba a la atención de motores de diversos tipos –automóviles, aviación, agrícolas–, demostrando la versatilidad y el conocimiento técnico de Anasagasti y su equipo. La ubicación elegida, en la entonces avenida Alvear al 1600 (hoy Avenida del Libertador), era estratégica y reflejaba la ambición del proyecto.
El sueño de fabricar un automóvil completamente argentino comenzaba a tomar forma. Anasagasti no quería ser solo un ensamblador; aspiraba a producir componentes localmente y sentar las bases de una industria nacional. Con esta visión, en septiembre de 1910, se embarcó rumbo a Europa a bordo del buque Principessa Mafalda. El objetivo del viaje era fundamental: contactar proveedores de piezas y tecnología que le permitieran concretar su proyecto de fabricación. Este viaje fue crucial para seleccionar los socios y componentes que darían vida a su creación.
El Nacimiento del Primer Automóvil Argentino
El taller de Anasagasti y Compañía se preparó meticulosamente para la producción. Contaba con un equipamiento de avanzada para la época, impulsado por un gran motor eléctrico que movía un complejo sistema de transmisión aérea para alimentar las diversas máquinas. La mano de obra era especializada, compuesta mayoritariamente por inmigrantes europeos con experiencia en metalurgia, mecánica y otras disciplinas necesarias para la fabricación de automóviles. Anasagasti, dominando varios idiomas, se comunicaba directamente con su personal, fomentando un ambiente de trabajo respetuoso y eficiente. Este detalle del trato humano y la comunicación multilingüe resalta el enfoque progresista de Anasagasti como líder empresarial.
Antes de la producción del automóvil completo, la empresa ya demostraba su capacidad técnica. En la Exposición Internacional de Ferrocarriles y Transportes Terrestres de 1910, celebrada en Buenos Aires en el marco del Centenario, Anasagasti y Cía. exhibió componentes fabricados en su taller, como una caja de velocidades de cuatro marchas y un motor de cuatro cilindros en línea. Estos elementos, diseñados y construidos localmente a partir de acero importado, impresionaron al jurado, que les otorgó el máximo galardón reservado a la industria nacional en automovilismo: el diploma de Gran Premio. Este reconocimiento fue un espaldarazo significativo para el proyecto y validó la capacidad técnica del equipo argentino.
Finalmente, en julio de 1911, el primer prototipo del automóvil Anasagasti estuvo listo. Era una combinación de componentes: el motor era francés, proveniente del fabricante Ballot, mientras que la carrocería era de fabricación nacional y otros componentes habían sido importados tras el viaje de 1910. La presentación oficial no fue en un salón de exposición, sino en la exigente carrera Rosario-Córdoba-Rosario el 17 de septiembre de 1911. Horacio Anasagasti, bajo el seudónimo de “Samurai”, pilotó su creación, poniéndola a prueba en condiciones reales de competencia. Esta audaz decisión demostró la confianza del ingeniero en la robustez y fiabilidad de su vehículo.
Características y Comercialización
Tras las pruebas iniciales y ajustes, la comercialización del automóvil Anasagasti se inició en enero de 1912. Los primeros modelos estaban equipados con un motor francés Ballot de 2125 cm³ que desarrollaba unos 15 caballos de potencia. La carrocería más común era la doble phaetón. El precio de venta al contado era de $6500, una suma considerable para la época. Sin embargo, Anasagasti, con una visión comercial innovadora, ofreció un original plan de financiación en cuotas mensuales de $200, facilitando el acceso a un público más amplio.
Las versiones iniciales contaban con motores de 12 hp, aunque opcionalmente se podía solicitar una versión deportiva de 15 hp. Ambos eran motores de cuatro cilindros en línea, refrigerados por agua mediante termosifón. Las válvulas se ubicaban lateralmente en un mismo costado del bloque. Las carrocerías, fabricadas en el propio taller, ofrecían las opciones doble phaeton y landaulet, inicialmente con una sola puerta lateral delantera, aunque posteriormente se ofrecieron con simple o doble vidrio.
El taller de la Avenida Alvear se convirtió en una verdadera fábrica, produciendo una amplia gama de componentes localmente: bloques, cárteres, bielas, cigüeñales, cajas de velocidad y sus engranajes, puntas de eje, elásticos, palieres, ejes cardán, mecanismos de dirección y, por supuesto, las carrocerías. Esta capacidad de fabricación propia distinguía a Anasagasti de otros proyectos de la época que se limitaban al ensamblaje.
| Característica | Modelo Base (1912) | Modelo Sport (Opcional) |
|---|---|---|
| Motor | Francés Ballot, 4 cilindros | Francés Ballot, 4 cilindros |
| Cilindrada | 2125 cm³ | 2125 cm³ |
| Potencia | 12 hp | 15 hp |
| Refrigeración | Agua (Termosifón) | Agua (Termosifón) |
| Válvulas | Laterales | Laterales |
| Carrocerías disponibles | Doble Phaetón, Landaulet | |
| Precio (Contado, 1912) | $6000 (para 12hp) | $6500 (para 15hp) |
| Plan de financiación | Cuotas mensuales de $200 | |
Anasagasti no solo fabricó automóviles; se propuso demostrar su calidad y fiabilidad al mundo. Con este fin, llevó sus vehículos a Europa para competir en exigentes pruebas de resistencia y velocidad. Entre 1912 y 1913, los autos argentinos participaron en diversas competencias en el Viejo Continente, dejando una marca significativa.
En julio de 1912, un Anasagasti se impuso en la prueba París-Madrid, una carrera de 1515 kilómetros que ponía a prueba la resistencia de los vehículos y sus conductores. Este triunfo fue un hito para la naciente industria automotriz argentina y generó gran repercusión. Tal fue el impacto que, al finalizar la competencia, Horacio Anasagasti tuvo el gesto de obsequiar un ejemplar de su automóvil al rey Alfonso XIII de España, un reconocimiento de alto nivel para su creación.
En septiembre del mismo año, otro Anasagasti, pilotado por el ingeniero inglés Brown, clasificó entre los vencedores en el Rally de San Sebastián, confirmando la competitividad de los autos argentinos en diferentes tipos de eventos.
El desafío más grande llegó al año siguiente, cuando los automóviles Anasagasti participaron en el prestigioso Tour de France de 1913. Esta competencia era una verdadera maratón automovilística, con un recorrido extenuante de 5500 kilómetros. Tres autos con motores de 15 hp representaron a Argentina, conducidos por el ingeniero Brown, el marqués D’Avaray y Jacques Repousseau. A pesar de la dureza de la prueba y la competencia de marcas europeas y norteamericanas consolidadas, los autos Anasagasti finalizaron entre los primeros, y lo que es más destacable, sin puntos en contra. Este resultado fue una demostración contundente de la calidad, robustez y fiabilidad de los vehículos fabricados en Argentina.
Los éxitos en Europa no solo trajeron prestigio, sino que también sirvieron como una poderosa herramienta de marketing, validando la calidad de los productos de Anasagasti y Compañía ante el público nacional e internacional. Al regresar a Argentina, los autos Anasagasti continuaron participando exitosamente en competencias deportivas locales hasta bien entrado el año 1920.
El Final de un Sueño y un Legado Duradero
A pesar de los éxitos técnicos y deportivos, el proyecto de Horacio Anasagasti enfrentó serias dificultades que eventualmente llevaron al cierre de la fábrica. Dos factores principales conspiraron contra la continuidad de la empresa. Por un lado, a partir de 1913, comenzaron a acumularse las dificultades financieras. Muchos de los compradores que habían optado por el innovador plan de pago en cuotas retrasaron o incumplieron sus pagos, afectando el flujo de caja de la compañía. La falta de liquidez se convirtió en un problema creciente.
El golpe final llegó con el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914. Este conflicto global interrumpió drásticamente el suministro de insumos importados desde Europa, componentes que, si bien Anasagasti fabricaba muchas piezas localmente, seguían siendo esenciales para la producción. Reemplazar completamente estos insumos localmente se volvió imposible debido a la falta de materia prima y la incipiente infraestructura industrial del país en ese momento. Sin acceso a los componentes necesarios, la producción se hizo inviable.

Ante esta situación insostenible, Horacio Anasagasti se vio obligado a cerrar las puertas de su fábrica en 1915. Tenía solo 35 años cuando su ambicioso proyecto industrial llegó a su fin. Un detalle conmovedor de esta historia es la lealtad de su personal; a modo de agradecimiento por el excelente trato recibido, muchos empleados continuaron trabajando sin recibir salario hasta 1916, cuando Anasagasti decidió liquidar formalmente la sociedad.
Aunque la producción de los automóviles Anasagasti fue relativamente corta, se estima que se fabricaron alrededor de cincuenta unidades. Estas unidades dejaron un testimonio tangible del Primer Automóvil Argentino fabricado en serie y representaron el primer embrión significativo de la industria automotriz en el país. La visión de Anasagasti, aunque truncada por circunstancias externas, demostró la capacidad técnica y el potencial industrial de Argentina.
Tras el cierre de la fábrica, Horacio Anasagasti se retiró de la actividad industrial y se trasladó a San Carlos de Bariloche, instalándose en su chacra “Pichi Mahuida” en el Brazo Campanario del lago Nahuel Huapi. Allí, junto a amigos como Aarón de Anchorena y Carlos Ortiz Basualdo, se dedicó a apoyar activamente la creación y desarrollo del Parque Nacional Nahuel Huapi, contribuyendo a la preservación de la belleza natural de la Patagonia. Horacio Anasagasti falleció en Bariloche el 8 de abril de 1932, a los 52 años, víctima de un paro cardíaco. Sus restos descansan en el cementerio de la Recoleta en Buenos Aires.
El legado de Horacio Anasagasti perdura en la memoria histórica y en la toponimia argentina. Un pueblo en la provincia de Buenos Aires, un lago en el Parque Nacional Nahuel Huapi, y calles en importantes ciudades como Buenos Aires y Bariloche llevan su nombre, honrando a este ingeniero, pionero y visionario que se atrevió a soñar con una industria automotriz nacional.
Los Sobrevivientes: Testimonios del Pasado
A pesar del tiempo transcurrido, al menos dos ejemplares de los automóviles Anasagasti han sobrevivido, permitiendo a las generaciones actuales apreciar la calidad y el ingenio de aquellos primeros vehículos argentinos. Uno de ellos tiene una historia particularmente interesante ligada a la aeronáutica, otra de las pasiones de Anasagasti.
En septiembre de 1912, Horacio Anasagasti donó uno de sus vehículos a la recién creada Escuela Militar de Aviación de El Palomar, donde él mismo dictaba clases honorarias de “Construcción y manejo de motores”. Este auto, identificado con el número de serie 109 (el noveno fabricado), era un modelo de dos asientos con una pequeña caja trasera para carga ligera. Fue utilizado intensivamente para diversas tareas en la base aérea: servicio de pista, transporte de pilotos, auxilio en caso de accidentes e incluso como vehículo de remolque para aviones. Este ejemplar se conserva en perfecto estado de funcionamiento y es una pieza destacada del Museo Aeronáutico que la Fuerza Aérea Argentina posee en la Base Aérea de Morón. Su preservación es un tributo tanto a Anasagasti como a los inicios de la aviación militar en Argentina.
El otro ejemplar conocido pertenece al Club de Automóviles Clásicos de la República Argentina (CAC). Su historia es diferente, ya que se trata de una unidad meticulosamente reconstruida a partir de un chasis original. Este chasis, subastado por el Banco Municipal en 1973, conservaba elementos esenciales como los elásticos, la caja de velocidades, la bocha del motor y la caja de dirección. Sobre esta base, se llevó a cabo un arduo trabajo de restauración y reconstrucción, incorporando elementos originales que fueron localizados, como un motor Ballot, un radiador y un embrague, además de una palanca de cambios y faros de carburo de la época.
La carrocería de este segundo sobreviviente, de tipo abierta, fue construida especialmente respetando fielmente la tecnología y los patrones estilísticos de principios del siglo XX, basándose en la documentación y fotografías disponibles de los modelos originales. El esfuerzo del CAC ha permitido que este segundo Anasagasti sea un testimonio vivo del legado de su creador y del nacimiento de la industria automotriz argentina, participando ocasionalmente en eventos y exposiciones de vehículos clásicos.
Preguntas Frecuentes sobre Horacio Anasagasti y su Automóvil
Aquí respondemos algunas de las dudas más comunes sobre este importante capítulo de la historia argentina:
¿Quién fue Horacio Anasagasti?
Horacio Anasagasti fue un ingeniero argentino (1879-1932), pionero en el desarrollo del automovilismo y la aeronáutica en Argentina. Fue cofundador del Automóvil Club Argentino y es reconocido por haber fabricado el primer automóvil en serie en el país.
¿Cuál fue el primer automóvil fabricado en serie en Argentina?
El primer automóvil fabricado en serie en Argentina fue el automóvil Anasagasti, producido por la empresa Anasagasti y Compañía a partir de 1912.
¿Dónde se fabricaban los autos Anasagasti?
Se fabricaban en el taller y fábrica de Anasagasti y Compañía, ubicado en la entonces avenida Alvear al 1600 (hoy Avenida del Libertador) en Buenos Aires.
¿Por qué cerró la fábrica de Anasagasti?
La fábrica cerró en 1915 debido a una combinación de dificultades financieras, principalmente el retraso en los pagos de los compradores, y la interrupción del suministro de insumos importados desde Europa a causa del estallido de la Primera Guerra Mundial.
¿Cuántos autos Anasagasti se fabricaron?
Se estima que se fabricaron alrededor de 50 unidades entre 1912 y 1915.
¿Sobreviven actualmente ejemplares de los autos Anasagasti?
Sí, se conocen al menos dos ejemplares sobrevivientes. Uno se encuentra en el Museo Aeronáutico de Morón, donado originalmente a la Escuela Militar de Aviación, y el otro es una unidad reconstruida sobre un chasis original que pertenece al Club de Automóviles Clásicos de la República Argentina.
La historia de Horacio Anasagasti y su automóvil es un recordatorio de la capacidad de innovación y el espíritu emprendedor que existió en Argentina desde principios del siglo XX. Aunque su proyecto industrial fue de corta duración, sentó un precedente fundamental y demostró que era posible fabricar vehículos de alta calidad en el país, capaces incluso de competir exitosamente en los escenarios internacionales más exigentes. Su figura merece ser recordada y valorada como uno de los padres fundadores de la industria automotriz argentina.
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